NO ESTOY MALA

Por Irlanda Sánchez Juarez

Recuerdo una vez que me manche el pantalón de sangre de menstruación en una fiesta por la época de secundaria. Fue vergonzoso. Era una manchota de sangre, ¡Qué asco! Mis amigas me miraban con un susto, con asco y con pena. Me decían: “pobrecita, que horror que te pase esto”; yo me sentía mega apenada, con ganas de llorar y salir corriendo a mi cama. Y así fue, me fui de la fiesta y desde ese día odie mi menstruación.

Como buena chica de flujo abundante, mis calzones siempre terminaban manchados de sangre. Así me pusiera doble toalla sanitaria y si se me movía poquito, aquello era un caos total. Deseaba por mucho usar pañales, me imaginaba con ellos y creía que iba ser taaaaaan cómodo.

La regla sólo me venía 3 días, pero que desmadre, la neta. Deseaba ser hombre, envidiaba sus penes. Quería tener uno y olvidarme de todo el desmadre se ser mujer. Conforme fui creciendo me tuve que acostumbrar al dolor de los cólicos, al olor a pescado entre mis piernas y a la tensión que envuelve estar “mala”, como me decía las mamás.

Estar menstruando o andar en “los días”, para la mujer de hoy, la que trabaja, significa un pesar enorme. Primero: tenemos que aguantarnos los cólicos. Imposible una incapacidad en el trabajo por tener cólicos; los cuales  son contracciones continuas y agudas en el vientre que muchas veces te doblan de dolor. Expertas como las madres dicen que llegan porque comiste mucho picante o acido pero en realidad son provocados por cuestiones hormonales y son parte de ciclo natural de la menstruación. Imposible que te  den; por lo menos  un poquito.

Segundo: es una chinga en tu cuerpo, todo se va desgastando. Te descalcificas bien cabron. No sólo es el dolor en el vientre; es el dolor en todo el cuerpo. Sin olvidar, lo húmeda que te siente por la toalla o el tapón y los horrorosas jaquecas.

Tercero: la gran responsabilidad social de que NO SE TE VAYA A NOTAR.

Y aquí voy chamacxs. Lo peor de que estés menstruando es el punto número tres. La maldita responsabilidad de que el mundo no se tiene que enterar que tu cuerpo esta de la fregada por algo tan natural en las mujeres como el respirar. Antes de darme cuenta sobre mi mancha de sangre en aquélla vez en la fiesta, me la estaba pasando fenomenal. Lo del síndrome menstrual no se me habían presentado; era como la segunda o tercera vez que me bajaba. Tal vez no los reconocía o que se yo pero estar manchada fue lo que cambio aquélla fiesta. Mi mancha era como de 2 centímetros de diámetro y aunque con una toalla solucionaba que ya no se corriera, la evidencia para ya no ser aceptada socialmente por esa noche estaba en mi pantalón.

Hace 1 año me declaré feminista, pero desde hace 2 años andaba explorando a fondo esos rumbos. Y debo decir honestamente que lo que me trajo a este mundo fue mi menstruación. La odiaba tanto que una vez pregunte en Facebook cual era la ventaja de ser mujer; ni los orgasmos múltiples que podemos tener me hicieron ceder que era genial ser mujer. Por supuesto, andaba “mala”.

Una amiga que ya andaba metida en el rollo feminista me hablo de un nuevo método para cuidar la menstruación, me decía que era súper cómoda, que no se sentía nada de nada; era la famosa copita menstrual.  Mire unos videos en YouTube de cómo ponerse esa madre y de verdad que daba pavor, asco y aberración sólo pensar introducir eso en mi vagina mientras esta sangraba. Especulaba en todas las posibilidades que me podían pasar por usarlas. Desde infecciones, hasta hacer todo un manchadero a la hora de retirarla. Pensaba que menstruaba tanto que me iba tener que estar quitándomela cada hora. Aun así lo intente.

Cuando lo introduje por primera vez fue de una manera casi natural, no tuve tantos problemas como creí que los iba tener. Fue raro pero no incómodo. Estuve con ella como 2 horas sin sentir nada. No sentía humedad excesiva en mis genitales, podía caminar sin sentir nada entre mis piernas. Me sentía libre. Pasando las dos horas decidí checarme para ver si ya estaba medio llena y si quiera llevaba 5 mililitros.

Esos poco menos 5 mililitros los miré de cerca. Era extraña, era casi una desconocida. Tenía 10 años conviviendo con ella, mes con mes y nunca la había visto tan cerca. Por supuesto la olí; el olor no parecía nada al que ya conocía. No olía a flores, no olía a manzanilla, no olía a sangre seca y acumulada; olía a lo que era, menstruación y vagina.  Tampoco era una cantidad enorme como me lo hizo creer todo este tiempo el mercado de los tampones y las toallas. Se los juro, no podía estar más sorprendida en aquel momento. Ese ciclo, después del primero y el de la mancha son los más significativo de mi vida y después analice como el patriarcado jodido hasta mi menstruación. ¡La jodío! pues después de estar frente a frente con ella me hizo darme cuenta que lo que realmente es mi cólico más fuerte es la presión de tenerla y de ocultarla.

Me da cólico que le digan que huele mal, por eso las toallas son olor a manzanilla.

Me da cólico que me digan que baja mucho cuando es tu estúpido algodón que se infla en mi vagina y que además está contaminado de mierda que  mata.

Me da cólico que me digas que mi menstruación da asco y antes muerta que tocarla.

Eso es lo que me da más cólico, eso es mi cólico más fuete: tu opinión nauseabunda hacia mi naturaleza.

Mi peor cólico es que me digas que estoy MALA cuando estoy más VIVA que nunca.

Lo admito, soy una millennial.

 

Cuando surgió el  termino millennial, me negaba rotundamente a que se tratara de mi generación. Pos oigan, yo nací en el 1989, todavía me tocaba un poco de los 80’s, fabulosa época, eh. A parte en los tiempos que nací el grunge surgía y a mí me gustaba el grunge. Crecí con MTV, o sea todavía me toco cuando había pura música. No, definitivamente yo no era millennial, pensaba muy desinformadamente.

 

Según lo leído en varios sitios de internet (no sólo Wikipedia… lo juro) es esta generación nació entre 1981 a 1995. O sea, nosotros los millennials somos todos lo que llegamos a la edad adulta en la entrada del nuevo milenio (2000). El internet, las computadoras portátiles, los celulares, los mp3, las pantallas táctiles; todo llegaba a casa y en un sólo aparato. Sí, todo lo teníamos en casa.

 

En mi experiencia, yo tuve “la internet” hasta los 14 años. Recuerdo que tenía que conectar a la pc el cable del teléfono (de hecho siempre me conectaba era en la noche, ya que nadie fuera a marcar a la casa). Era lento, muy lento, pero podía revisar msn o cosas por el estilo. En casa sólo teníamos una computadora para 4 millennials. Era algo complicado, pero logramos sobrevivir. Claro que comenzar con la tecnología era muy difícil para México y la Latinoamérica en general, no sólo era muy tener acceso a internet, sino a los teléfonos, computadora, laptops, MP3, etcétera,  pues costaba y costaba mucho. Únicamente la gente adinerada tenía acceso a la última tecnología. Les digo en serio, hasta a los fronterizos les costaba mucho.

 

Con el tiempo la tecnología se ha hecho más accesible. Toda persona con mil pesos disponibles y un Oxxo cerca tienen un celular  Smartphone. Estos tienen cámara, wifi (invento maravilloso) y mp3. El teléfono celular se ha vuelto fundamental para nuestras vidas. Casi todos los millennials hemos vivido esa sensación que provoca el no sentir nuestro Smartphone en el pantalón o de no encontrarlo en la bolsa. Me refiero esa sensación donde el alma se te sale del cuerpo y en el que piensas mil cosas. Esa sensación que te repasas en un instante lo que hiciste desde la última vez que viste lo viste. Se te sale el alma del cuerpo, neta. Y todos lo que hemos tenido la suerte de encontrar el celular, la sensación producida por el hecho es casi orgásmica.

 

Aceptar que era una millennial me fue difícil. Yo creía que era de la generación X o una cuestión así. Pero el asunto del porque me reusaba es que se creía que era una generación hueca  ¿Celulares todo el día en la mano? ¿Conectados todo el tiempo a un cibermundo? Miren, no sólo lo creía hueco, los creía tristes. Pero es la generación donde me toco nacer. Es una generación muy diferente a la pasada. Realmente no se cual generación es la más genial. Muchos dice que la de nosotros, ya saben, por la tecnología. Quienes etiquetaron a mi generación fueron los mercados. Ellos necesitaban saber a quién les iban a vender y persuadir.

Honestamente, me gustaría decir que no me siento identificada con esta generación, pero lo estoy casi del todo. Amo mi celular, el cual no es ningún iPhone ni nada “lujoso” (que también en Latinoamérica es muy cuestionable que es un lujo y que no), es sólo un teléfono donde mi mundo está allí. Fotos, amigos, diversión. Allí están, allí también me conecto al otro mundo que me muestra el mundo donde respiro ¿curioso? Evidentemente mi mundo fue creado por los mercados y yo, sin ninguna gana de hacerles revolución lo acepte. Aunque me siento cómoda con la tecnología, pero algunas veces infiltrada por escribir en contra de este mismo sistema impuesto. Muchos millennials  ahora utilizan lo impuesto para atacar o al menos eso es lo que pretendemos con el ciberactivismo. Todo esto hasta que nos censuren, dirían por allí.

 

Sí, aun disfruto de leer  libros en físicos, mirar películas en una sala de cine, tomar cerveza frente a frente con los amigos y sí,  lo digital ya es parte de mí también. Soy un millennial. Un híbrido, que recuerda como esperaba semanas para ver las fotos de las vacaciones, pero ahora se siente cómoda porque las puedo ver al instante. Ya soy un adulto millennials que ya  dicen “a mis tiempos todavía jugaba en la calle” cuando veo a algunos de los hijos de la generación pasada o la mía pegados a la Tablet. Pero a ellos ya les tocara ser adultos y reflexionar. De eso tengo la certeza.

Y aunque pareciera que para los millennials la vida es más corta o más rápida yo pienso que no es así. Mi versión es que a diferencia de las generaciones pasadas, el mundo entero está en un click de distancia y descubrimos lo maravilloso y enorme que es. Lo queremos todo, pero ni comprendiéndolo en internet lograremos comerlo todo antes de morir.

 

Sí, eso soy yo, una millennial cualquiera.